A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Sà —contestó este—; entre los grupos de banianos y las tierras húmedas de las altas hierbas.
—Pues ojo avizor.
Los tres elefantes, que seguÃan avanzando a buen paso, habÃan llegado a una inmensa llanura, interrumpida de trecho en trecho por grupos de mindos —arbustos de no más de dos o tres metros de alto, de corteza blanquÃsima y brillante y ramas muy delgadas—; de pequeños bananos y grupitos de Butea frondosa[23], de tronco nudoso y robusto, coronado por un tupido pabellón de hojas aterciopeladas de color verde azulado, bajo las cuales colgaban enormes racimes de un espléndido color carmesÃ.
A gran distancia, generalmente en medio de pequeñas plantaciones de añil y sombreadas por matas de mangos, se descubrÃa alguna cabaña. Animales no se veÃan: sólo bandadas de bulbul —los pequeños, graciosos y batalladores ruiseñores indios— alzaban el vuelo al acercarse los elefantes y los perros, enseñando sus plumas moteadas y su cola roja.
—¿Será este el reino del tigre negro? —preguntó Yáñez.
—Eso sospecho —contestó Tremal-Naik—. Allá abajo veo charcos y a esos animales les gusta el agua porque saben que los antÃlopes van a beber después de la puesta del sol.
—¿Conseguiremos descubrirlo antes de la noche?