A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Lo dudo.
—Le prepararemos una emboscada.
—PerderÃas inútilmente el tiempo. El kala-bâgh no se deja sorprender, y ya puedes poner todos los cabritos que quieras, o incluso cerdos, sin que se decida a acercarse.
—Esperemos —concluyó Yáñez—. No tenemos prisa.
Hasta el mediodÃa los elefantes siguieron avanzando a través de aquella llanura que parecÃa no tener fin, pasando entre grupos de banianos, de mindos y de mangas, sin mostrar ninguna inquietud; luego el mayordomo, que montaba un magnÃfico makna —elefante macho sin colmillos—, dio orden de detenerse para servir la comida a los invitados de su señor.
Los sikkari levantaron en pocos minutos una amplia y bellÃsima tienda de seda roja en forma de pabellón y cubriendo el suelo con mullidas alfombras persas, mientras el babourchi, es decir, el cocinero de la expedición, ayudado por algunos sais, o palafreneros, hacÃa descargar del makna del mayordomo las provisiones para servir una comida frÃa.
Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik se apresuraron a tomar posesión de la tienda, ya que el calor era intensÃsimo. Kammamuri y los seis malayos de la expedición se refugiaron bajo un inmenso tamarindo, bajo cuyas largas y flexibles ramas se extendÃa una sombra protectora.