A la conquista de un imperio

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El aire matinal había agudizado extraordinariamente el apetito de los cazadores, de forma que los invitados del rajá hicieron honor a la curree bât, que regaron con abundancia de cerveza y toddy —la dulce y picante bebida india, agradabilísima también para los paladares europeos.

Después de vigilar la distribución de los víveres, el mayordomo se reunió con ellos, pero sentándose a cierta distancia del lord inglés.

—Te esperábamos —dijo Yáñez, que se había tendido sobre un gran cojín de seda roja para fumar con mayor comodidad—. ¿Dónde encontraremos a ese tigre?

—El jungaul barsath —rey de la jungla— reposa a estas horas en su cubil —contestó el mayordomo—. No lo encontraremos hasta esta noche o por la mañana temprano. No le gusta el sol, milord.

—Hace cuatro días fue visto en el pantano de Janti; devoró a una mujer que llevaba a abrevar una vaca.

—¿La vaca escapó a tiempo?

—El bâgh no se ocupó de ella. Ahora que está habituado a la carne humana no desea otra.

—¿Tendrá su guarida en aquellos alrededores? —preguntó Sandokán.

—Sí, debe de hallarse entre los bambúes de la vecina jungla, porque también fue visto dos veces por un sikkari hace un par de semanas.

—¿Podemos alcanzar el pantano esta misma noche?


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