A la conquista de un imperio

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—Llegaremos antes del ocaso —contestó el mayordomo.

—¿Queréis que le tendamos una emboscada allí mismo? —preguntó Sandokán, volviéndose hacia Tremal-Naik y Yáñez—. Si ese animal es tan astuto y desconfiado, no dejará que se le acerquen los elefantes.

—Eso pensaba yo también —dijo el portugués.

—¿A qué hora reanudaremos la marcha? —preguntó Tremal-Naik al mayordomo.

—A las cuatro, sahib.

—Entonces, podemos aprovechar para descabezar un sueñecito. No es seguro que descansemos esta noche.

El mayordomo hizo traer más almohadones y bajar ante la tienda un gran trozo de seda, para que pudieran reposar más tranquilos.

También los sikkari y los que llevaban los perros se habían dormido, aprovechando la calma que reinaba bajo las plantas y la ausencia de peligro. Los elefantes, por el contrario, velaban, ocupándose de dar fin a un montón de hojas y ramas de pipal[24] —planta a la que son aficionadísimos— no habiendo encontrado tal vez suficiente la ración que les habían proporcionado los mahouts, aunque estaba compuesta de veinticinco libras de harina amasada con agua, una libra de manteca y media libra de sal para cada uno.

A las cuatro, con una precisión matemática, toda la caravana estaba dispuesta a reemprender la marcha.


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