A la conquista de un imperio

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—Nosotros no tenemos miedo. Adiós; pronto oirás nuestras carabinas.

Aconsejaron también a Kammamuri que vigilara atentamente, y los tres valientes salieron del campamento, tranquilos como si fueran a cazar perdices.

Era una de aquellas noches espléndidas como sólo se ven en la India.

Las estrellas florecían en el cielo purísimo, desprovisto de nubes, y la luna se alzaba dulcemente sobre las oscuras selvas que se extendían más allá del Brahmaputra, proyectando sus rayos azulados sobre la jungla que rodeaba el pantano.

Yáñez y sus compañeros dejaron atrás las latas llenas de manteca, que ardía crepitando y lanzando de vez en cuando rayos de luz vivísima, y se internaron entre las cañas y los matorrales de la jungla hasta que encontraron un espacio pequeño descubierto, un calvero minúsculo donde solo crecían unos pocos mindos.

—Este es un sitio magnífico —dijo el portugués, dejando la carabina—. Desde aquí podernos vigilar el campamento y la jungla. Se diría que las plantas no lo han invadido para darnos gusto.

—Es cierto —dijo Sandokán.

—¡Calla! —interrumpió en aquel instante Tremal-Naik.

—¿Qué has oído?


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