A la conquista de un imperio

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Mientras Sandokán retrocedía unos pasos, el portugués y Tremal-Naik se apartaron, uno hacia la derecha y el otro hacia la izquierda hasta alcanzar los márgenes del clavero, y se tendieron detrás de los bambúes espinosos.

Después del segundo rugido, no habían oído más al tigre, pero los tres cazadores estaban seguros de que avanzaba en silencio a través de la selva, esperando sorprenderles.

Mientras Yáñez y Tremal-Naik estaban tendidos boca abajo, Sandokán se había arrodillado, con la carabina baja para que la fiera no la pudiera ver en seguida. Los ojos del hombre escrutaban con minuciosidad las altas cañas de la jungla tratando de descubrir por qué lado iba a mostrarse la ferocísima fiera.

Reinaba un profundo silencio. No se oían ni chacales ni aullidos de perros salvajes. El grito de guerra del kala-bâgh debía de haber hecho huir a todos los animales nocturnos.

Sólo de vez en cuando pasaba por la jungla como un ligero estremecimiento, debido a un soplo de aire; luego volvía la calma.

Pasaron unos minutos de angustiosa expectativa para los tres cazadores. Aun siendo valerosos hasta la temeridad y estando habituados a medirse con aquellos formidables depredadores, no podían sustraerse por completo a una cierta sensación de inquietud.


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