A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Otro ¡uabh!, retumbó en aquel momento, mucho más sonoro y cercano que el primero, siendo seguido de un ronco ¡a-o-ung!, prolongado, de un efecto siniestro.
—Ese tigre debe de encerrar verdaderamente en su cuerpo una de las siete almas de Kali —dijo Yáñez, esforzándose por sonreÃr—. Nunca habÃa visto un tigre tan audaz como para lanzar en plena noche, casi a la cara de los cazadores, su grito de guerra.
—Es un solitario —contestó Tremal-Naik—, y ahora ya ha olfateado el olor de la carne fresca y, sobre todo, humana.
—¡Por Júpiter! Pues no serán mis pantorrillas las que se coma esta noche.
—Tomemos posiciones —dijo Sandokán—; tú, Yáñez colócate a mi derecha, a quince o veinte pasos de distancia, y tú, Tremal-Naik a mi izquierda, un poco más adelante. Tratemos de atraerlo y rodearlo. Y atentos a no dejaros sorprender.
—No temas, Sandokán —dijo el bengal×; yo estoy perfectamente tranquilo.
—Y yo disgustadÃsimo de no poder acabar mi cigarrillo —concluyó Yáñez—. Me resarciré más tarde.