A la conquista de un imperio

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El kala-bâgh lanzó un aullido espantoso, que fue seguido por otros cuatro disparos, dio un par de saltos en el aire y desapareció en la jungla con un tercer salto.

—¡Tocado! —gritó Yáñez, corriendo hacia Sandokán que cargaba precipitadamente la carabina.

—¡Sí! ¡Tocado! —afirmó a su vez Tremal-Naik, poniéndose en pie.

—Pero yo quería verlo caer para no levantarse más —dijo Sandokán—. Estoy seguro de que lleva balas en el cuerpo, pero no podemos decir que tengamos su piel.

—Lo encontraremos muerto en su cubil —dijo Tremal-Naik—. Si las heridas no fueran gravísimas, se habría abalanzado sobre nosotros. Si ha huido, es señal de que ya no se atrevía a enfrentarse con nosotros.

—¿Le habremos roto las patas anteriores? —preguntó Yáñez—. Yo he apuntado a la altura del cuello.

—Es probable-contestó Tremal-Naik.

—¿Volverá o no?

—No, es inútil esperarlo.

—Iremos a buscarlo mañana.

—Y le daremos el golpe de gracia si aún vive —añadió Sandokán—. Ahora volvamos al campamento. Unas horas de sueño no nos irán mal.


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