A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Permanecieron unos minutos a la escucha; luego, no oyendo el menor rumor, abandonaron el calvero, atravesando de nuevo el trozo de selva que les separaba del campamento.
Fuera del recinto, encontraron a Kammamuri con los seis malayos.
—Id a dormir —les dijo Sandokán—. Lo hemos herido y al amanecer iremos a buscarlo. Advertid al chitmudgar (mayordomo) que haga preparar a tiempo a los elefantes.
Todos los indios estaban en pie, con las armas en las manos, temiendo que los cazadores no hubiesen tocado al tigre y que este atacara el campamento.
Pero cuando oyeron que habÃa sido gravemente herido, volvieron a acostarse.
Los tres amigos se metieron en la tienda, aceptaron el vaso de cerveza que el mayordomo se apresuró a ofrecerles, y se tendieron sin desnudarse en las colchonetas, poniendo junto a ellos las carabinas.
Su sueño duró pocas horas. Los bramidos de los elefantes y los aullidos de los perros les advirtieron que todo estaba dispuesto para comenzar la batida.
—De nuevo todos valientes —dijo Yáñez al ver a los sikkari alineados ante los colosales animales y llenos de ardor.
Vaciaron una taza de té muy caliente, y ocuparon su elefante.