A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡All right[28]! —exclamó Yáñez cuando vio que todos estaban a punto.
Los tres paquidermos se pusieron en seguida en marcha, precedidos por los sikkari y flanqueados por los behras.
Apenas estuvieron fuera del cercado, soltaron a los perros, que se lanzaron en todas direcciones, ladrando con furor.
El cielo empezaba apenas a aclararse. Los astros se apagaban poco a poco y una luz rosada, que se hacÃa rápidamente más intensa, subÃa desde el oriente.
Una fresca brisa soplaba desde el no lejano Brahmaputra, doblando a intervalos los bambúes que formaban la jungla.
Los perros corrÃan valerosamente a través de las plantas, haciendo huir ante ellos animales y pájaros, indicio seguro de que el terrible kala-bâgh no imperaba ya en aquellos alrededores.
Algunos axis[29], que tal vez habÃan abrevado en el pantano durante la noche, escapaban a todo correr. Se trataba de los elegantes ciervos indios, parecidos a los gamos, de piel leonada, manchada de blanco con cierta regularidad.
Otras veces eran bandadas de kirrik, hermosÃsimas aves de plumas negras y brillantes, blancas únicamente en el cuello y el pecho, con un penacho pequeño de plumas en la cabeza y la cola muy tupida y alargada.