A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —O el tigre ha muerto o está agonizando en su cubil —dijo Tremal-Naik, a quien nada escapaba—. Los axis y los pájaros no estarÃan aquÃ, si ese feo animal batiese aún la jungla. Es buena señal.
—Tú que has estado muchos años en las Sunderbunds debes saber más que nosotros —dijo Yáñez—. Yo espero ofrecer al canalla del rajá la piel del kala-bâgh.
—Yo estoy seguro de ello —añadió Sandokán.
—Tu prÃncipe podrá sentirse totalmente satisfecho —dijo Tremal-Naik—. Primero la piedra de salagram, luego la piel del tigre que devoró a sus hijos. ¿Qué más puede pedir? Eres un hombre afortunado, Yáñez.
—La empresa no ha terminado aún, amigo. Al contrario, está empezando.
—¿Qué quieres ofrecerle, además?
—Ni yo lo sé, por ahora.
—¿El ministro?
—¡Oh! Ese estará prisionero hasta que Surama sea proclamada princesa del Assam. SerÃa capaz de estropear mis asuntos.
—Y son muy numerosos, ¿verdad, Yáñez? —dijo Sandokán.
—No son pocos, desde luego. ¡Mirad! ¿Qué les ocurre a los perros?