A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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—¡Yo! ¡Dios me libre! No me gusta burlarme más que de los tigres, y son más peligrosos que los hombres. ¿No le parece, señor Teotokris?

—¿Así que no quiere marcharse?

—No he venido aquí para matar un miserable kala-bâgh —contestó Yáñez—. Quiero volver a Bengala con un buen número de pieles. Y además encuentro que se está muy bien en el palacio real.

—Aún no sabe lo caprichoso que es el rajá. Sería capaz de ordenarle que le trajera un tigre cada día.

—Y yo iría a buscarlo y lo mataría. ¿Acaso no me ha nombrado su cazador?

—Y también podría pedirle que le mostrara usted sus documentos, para comprobar que es realmente un lord y no un aventurero.

Esta vez le tocó palidecer a Yáñez. Su mano derecha cayó sobre el hombro izquierdo del griego con tal violencia que le obligó a inclinarse, aunque le llevaba por lo menos un palmo de estatura.

—Ahora es usted quien me ofende, ¿no le parece?

—Tal vez.

—Entonces, como un lord nunca deja sin castigo un insulto, le ruego que me dé una explicación de ese calificativo de aventurero.

—Cuando quiera, si me concede la elección de las armas y que el duelo sea público.


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