A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —SÃ, a usted se las ofrece lord Moreland, que nunca ha sido un griego del archipiélago, ni un pescador de esponjas ni de lenguados.
—¿Qué dice? —gritó Teotokris, apretando los puños.
—¿Necesita acaso un médico para que le opere los oÃdos? Uno de mis malayos es muy hábil para estas cosas. Incluso curó a un tigre joven que yo habÃa capturado.
El griego retrocedió dos pasos, asaetando a Yáñez, que conservaba su admirable calma, con sus ojos de fuego.
—Creo que me ha ofendido —dijo con voz estrangulada.
—También yo lo creo.
—¿Entonces?
—¡Cómo! Entre nosotros, cuando se cree haber recibido un insulto, se suele pedir una reparación con las armas.
El griego quedó perplejo.
Por su parte, Yáñez sacó un cigarrillo del bolsillo y lo encendió tranquilamente, echando al aire una nubecilla de humo perfumado.
—Si quiere uno, señor, se lo ofrezco de todo corazón.
—¡Pretende burlarse de mÃ!