A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Teotokris permaneció silencioso, pero mirando a Yáñez con cierto estupor.
—Un compatriota mÃo ya me hubiera comprendido —dijo por fin, con mal velada cólera.
—Puede que sÃ, señor —contestó Yáñez con calma—, pero como los ingleses no somos tan despiertos como los griegos del archipiélago, tenemos costumbre de esperar siempre más amplias explicaciones.
—¿Le bastarÃan cinco mil rupias? —preguntó el griego.
—Para…
—Marcharse.
—¡Oh!
—Ocho mil.
Yáñez le miró sin contestar.
—Diez mil —dijo el griego, apretando los dientes.
Nuevo silencio por parte del portugués.
—¿Quince mil?
—Y treinta mil a usted si dentro de veinticuatro horas ha cruzado la frontera del Assam —dijo Yáñez, poniéndose en pie.
El griego habÃa palidecido intensamente, como si hubiera recibido una bofetada en pleno rostro.
—¡A mÃ! —gritó.