A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Ah! —exclamó Yáñez, respirando algo más tranquilo, porque a pesar de su gran valor y sangre frÃa habÃa sentido cierta aprensión—. Diga a su alteza, que se lo agradezco, pero que a esa joven sólo le gusta la tranquilidad de su casa.
—Pero es una princesa…
—SÃ, del Mysore —contestó Yáñez—. ¿Quiere saber algo más?
El griego no contestó; parecÃa como si se sintiese embarazado o quisiera hacer alguna oirá pregunta y no se atreviese.
—Hable —dijo Yáñez.
—¿Se quedará mucho tiempo aquÃ, milord?
—No lo sé; depende del mayor o menor número de tigres que infestan el Assam.
—Deje que devoren —dijo el griego, encogiéndose de hombros—. ¿Qué le importa que se coman unos cuantos centenares de assameses? Al rajá siempre le quedarán bastantes que gobernar.
—No es demasiado amable con quien le hospeda.
—Soy huésped del rajá y no de ellos.
—ExplÃquese mejor.
—¿Qué querrÃa a cambio de volverse a Bengala? Allà hay más tigres que aquà y en las Sunderbunds podrÃa desahogarse todo lo que quisiera.
—¡Marcharme yo! —exclamó Yáñez.