A la conquista de un imperio

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Se puso en el cinto las pistolas, se levantó con flema, dejó sobre la mesa un puñadito de rupias para el tabernero y avanzó hacia los guardias, diciendo:

—Yo dignarme su excelencia ver a mí, gran inglés.

—Entregue las armas, milord.

—Yo no dar nunca mis pistolas: ser regalo de graciosísima reina Victoria, mi amiga, porque yo ser gran milord inglés. Yo prometer no hacer daño a ministro.

Los seis guardias se interrogaron con la mirada, no sabiendo si debían forzar a aquel hombre original a entregar las pistolas; pero después, temiendo cometer un gran disparate, por tratarse de un inglés, le invitaron sin más a seguirles hasta la presencia del ministro.

En la sala vecina se habían reunido todos los parroquianos, dispuestos a auxiliar a los guardias del ministro.

Al verle aparecer, le acogieron con una salva de imprecaciones.

—¡Hacedlo ahorcar!

—¡Es un ladrón!

—¡Es un canalla!

—¡Es un espía!

Yáñez miró intrépidamente a aquellos energúmenos, que se hacían los valientes porque le veían entre seis carabinas, y contestó a sus invectivas con una ruidosa carcajada.


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