A la conquista de un imperio

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Al salir de la fonda, los guardias entraren en un portal vecino, haciendo subir al prisionero una escalinata de mármol, iluminada por un farol de metal dorado, en forma de cúpula.

—¿Aquí habitar ministro? —preguntó Yáñez.

—Sí, milord —contestó uno de los seis.

—Yo tener prisa cenar con él.

Los guardias le miraron con estupor, pero no osaron decir nada.

Llegados al rellano, le introdujeron en una bellísima sala, decorada con elegancia, con muchos divancitos de seda floreada, grandes cortinas de percal azul y graciosos muebles, ligerísimos e incrustados de marfil y madreperla.

Uno de los seis indios se acercó a una placa de bronce colgada sobre una puerta y la golpeó repetidamente con un martillo de madera.

Aún no se había extinguido el sonido, cuando se alzó la cortina y apareció un hombre, que fijó sus ojos en Yáñez, más con curiosidad que con enojo.

—Su excelencia el primer ministro Kaksa Pharaum —dijo uno de los soldados.

—¿Así que no ha podido cenar, milord?

—Sólo pocos bocados. Yo tener aún mucha hambre, grandísima hambre. Yo escribir esta noche a virrey de Bengala no poder cumplir mi difícil misión porque assameses no dar milord de comer.


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