A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Qué misión?
—Yo ser grande cazador tigres y ser aquà venido para destruir todas malas bestias que comen hindú.
—¿De forma que milord ha venido para prestarnos un valioso servicio? Nuestros súbditos han cometido un error al tratarle mal, pero yo lo remediaré todo. SÃgame, señor.
Hizo gesto a los guardias de que se retiraran, levantó la cortina e introdujo a Yáñez en un gracioso gabinete, iluminado por un globo de vidrio opalino, suspendido sobre una mesa ricamente servida, con platos y cubiertos de oro y de plata, llenos de manjares exquisitos.
—Iba a cenar —dijo el ministro—. Le ofrezco que me acompañe, milord; asà le compensaré de la mala educación y malevolencia del fondista.
—Yo dar gracias excelencia y escribir a mi amigo virrey de Bengala tu gentil acogida.
—Se lo agradeceré.
Se sentaron y empezaron a comer con envidiable apetito, especialmente por parte de Yáñez, intercambiando de vez en cuando algún cumplido.
El ministro llevó su cortesÃa hasta hacer servir a su invitado —una vieja cerveza inglesa, que aunque era muy ácida—. Yáñez se guardó muy bien de dejar de beber.