A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Yáñez saludó llevando una mano al ala de su sombrero y luego, mientras sus malayos ocupaban puestos en el extremo del patio, apoyándose en sus carabinas, avanzó lentamente hacia el griego, diciendo:
—Aquí estoy.
—Empezaba a perder la paciencia —contestó Teotokris, con una fea sonrisa que parecía una mueca—. Cuando los marineros del archipiélago hemos decidido matar a un adversario, no esperamos nunca.
—Tampoco los caballeros ingleses —dijo Yáñez—. ¿Las armas?
—Las he escogido.
—¿Espada o pistola?
—¿Olvida que no estamos en Europa?
—¿Qué quiere decir?
—Que le haré frente con un lazo para ofrecer a mi señor un espectáculo típicamente indio.
—Y digno de los indios canallas que adoran a Kali —replicó Yáñez irónico—. Creía tener que vérmelas con un europeo; ahora comprendo que me he equivocado. No importa, he cometido la tontería de dejarle la elección de las armas y ahora le demostraré cómo un lord inglés sabe tratar a las personas de su raza.
—¡Señor!
—No, llámeme milord —dijo Yáñez.
—Enséñeme antes sus documentos.