A la conquista de un imperio

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—Tráeme un vaso de ginebra para que me despierte del todo. Ten cuidado de que no contenga alguna droga infernal.

—Abriré otra botella, para mayor seguridad.

—Eres un buen hombre; algún día te haré nombrar gran cantinero de alguna corte importante.

Se puso en pie, vació el vaso que le tendía el chitmudgar y tras llamar a los malayos bajó al amplio patio, llevando entre los labios el cigarrillo apagado.

Había recuperado toda su sangre fría y su extraordinaria calma. Parecía un hombre que se dirigiese a una fiesta y no a un terrible combate, tal vez mortal para él.

En torno al patio habían sido levantados ricos pabellones, un poco más bajos que el que ocupaba el rajá. Había en ellos hombres y bellísimas indias, con vestidos lujosos y muchas joyas.

El griego estaba en el centro, junto a un mueblecito sobre el que había un lazo y una cimitarra. Estaba más pálido de lo habitual, pero no parecía menos tranquilo que el portugués.

Al ver entrar al inglés, con el cigarrillo en la boca, el rajá, que se sentaba entre sus ministros, le saludó cortésmente con la mano, mirándole con atención. Los espectadores amontonados en los pabellones se pusieron en pie, y le observaron con curiosidad.


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