A la conquista de un imperio

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—Lleva estas hojas a Sandokán —dijo en voz baja—. Ten cuidado porque probablemente te seguirán; por tanto es necesario que actúes con la máxima prudencia porque deseo que aquí se ignore dónde se esconden mis compañeros. Si ves que no puedes engañar a los que te siguen detente en casa de Surama. Ella se ocupará de hacer llegar estos papeles al Tigre de Malasia.

—Seré prudente, capitán —contestó el malayo—. Esperaré a la noche para entrar en el templo subterráneo, así podré matar más fácilmente a los que me sigan.

—Ve, amigo.

Cuando hubo desaparecido el malayo, el portugués se tendió en un diván, encendió un cigarrillo y se hundió en profundas reflexiones, siguiendo distraídamente, con los ojos entrecerrados, las espiras que describía el humo al subir.

Cuando tres horas más tarde entró el chitmudgar, el portugués roncaba pacíficamente, como si no le turbara ninguna preocupación.

—Milord —dijo el mayordomo—, el rajá le espera.

—¡Ah! ¡Diablos! —exclamó Yáñez desperezándose—. Ya no me acordaba de que el griego debe estrangularme. ¿Ya están todos reunidos en el patio?

—Sí, milord; sólo falta usted.


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