A la conquista de un imperio

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—¿Has visto al griego realizar delante del rajá algún ejercicio extraordinario?

—Sí, el del lazo; incluso creo que ningún thug podría rivalizar con él. Un día llegó a la corte uno de esos siniestros adoradores de la diosa Kali y se enfrentó con el favorito del rajá.

—¿Quién venció?

—El favorito. El thug cayó medio estrangulado y si no se le hubiera concedido gracia, no hubiera salido vivo de este palacio.

—¿Habrá estado entre los thugs el favorito?

—Sólo el rajá podría saberlo, y tal vez no lo sepa ni él.

—¡Griego canalla! —exclamó Yáñez—. Por suerte sé cómo actúan los señores estranguladores. Cuando se tiene en la mano una cimitarra se puede hacerles frente sin correr demasiado peligro. Procura estar tú en guardia, señor Teotokris… Y ahora podemos almorzar.

—En seguida, milord —dijo el mayordomo. Yáñez pasó al salón, comió con su habitual apetito y después, cogiendo algunas hojas de su portafolios, las cubrió de una escritura menuda y espesa.

Cuando terminó indicó al mayordomo que le dejara solo y llamó al jefe de su escolta.


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