A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Gracias, alteza —contestó Yáñez, cogiendo el vaso que le tendÃa el rajá.
Lo vació y, comprendiendo que la audiencia habÃa terminado, se puso en pie.
—Milord —dijo en voz baja el prÃncipe, mientras le tendÃa la mano—, ¡en guardia! Mi favorito ha elegido para él un arma terrible, que sabe manejar mejor que un viejo thug. Procura cortársela o estarás perdido. Ahora vete y sé fuerte y valeroso como el dÃa que mataste al kala-bâgh.
Yáñez salió del salón del trono y en aquel momento parecÃa preocupado. Su eterno buen humor habÃa desaparecido de su rostro, siempre risueño y un poco irónico.
Sin duda, las últimas palabras del rajá habÃan hecho mella en su ánimo.
Volvió a subir lentamente a su apartamento, donde le esperaba el chitmudgar para anunciarle que el almuerzo estaba preparado.
—Comeré después —le dijo Yáñez—. De momento me he de ocupar de algo más interesante que tus platos más o menos infernales.
—¿Qué le ocurre, milord? —preguntó el mayordomo—. Parece de mal humor esta mañana.
—Puede ser —admitió el portugués—. Siéntate y contesta a las preguntas que voy a hacerte.
—Estoy siempre a su disposición, milord.