A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —En mi patio. El duelo será público y toda mi corte asistirá a él. Ese es el deseo de mi favorito.
—Perfecto —contestó Yáñez, con indiferencia.
—Tienes un valor extraordinario.
—Yo no tener nunca miedo, alteza.
—Yo he escogido la hora.
—¿Cuál?
—Dos horas antes del ocaso estaremos todos reunidos en el patio de honor.
—Mis senadores están ya preparando los pabellones.
—Nosotros dar entonces comedia.
—¡Ah! —exclamó el rajá, arrugando la frente y haciendo un gesto de cólera—. A propósito de comedias, ¿sabes que todos mis actores han huido?
—¡Oh! —exclamó Yáñez, simulando estupor.
—Entre ellos debÃa de hallarse el que trató de envenenarnos, a mà o a ti.
—Es muy posible —se limitó a contestar el portugués.
—A estas horas estarán muy lejos, pero si por casualidad volvieran algún dÃa a mi estado, les haré decapitar a todos, incluso a los niños que hay entre ellos. Acepta otro vaso de este excelente vino, antes de dejarme. Te aumentará las fuerzas para medirte con mi favorito.