A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El faquir llenó la jofaina, vertió en ella un polvo rojizo y después, sirviéndose de la mano izquierda, lo pasó tres veces por delante del rostro de Surama; todos los sirvientes se habían agrupado detrás de su ama.
Sólo los cuatro malayos que Yáñez había puesto a disposición de Surama, para que velaran por ella, escaparon a aquella extraña ceremonia. Probablemente se habían dado cuenta de que no eran indios, cosa muy fácil por cierto, dado el color oliváceo oscuro de su piel.
Después el faquir cogió la faja de Surama con los dientes y la rasgó en dos tiras, tirando una a la derecha y la otra a la izquierda.
—Ya está —dijo a Surama—. Te has librado del mal de ojo de aquel siniestro viejo y no corres ningún peligro.
—¿Qué quieres por las molestias que te has tomado? —preguntó la joven.
—Que me dejes descansar un poco —contestó el faquir—. Hace muchas horas que no duermo y que no me alimento. ¿Qué haría yo con dinero? A un faquir le basta un plátano y un mendrugo de pan.
—Reposa, pues —dijo Surama—. Aquí hay divanes donde estarás mejor que en las escaleras de la pagoda. Cuando salgas de mi casa tendrás un regalo. Entretanto, ¿qué te puedo ofrecer?