A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Entra en seguida, gussain, y ya que puedes, quita en seguida a nuestra dueña y a nosotros la mirada lanzada por el viejo.
—Estoy dispuesto —contestó el faquir.
—Entra, pues.
El gussain entró en el palacio con pasos lentos, y subió la escalinata que llevaba a las habitaciones de Surama.
La princesa le esperaba en el rellano. India también, temía la terrible mirada.
—Señora —dijo el faquir—, tu casa ha sido maldita, pero yo puedo destruir el mal de ojo.
—Y yo sabré recompensarte —contesto la joven india.
—¿Tienes una jofaina?
—Sí.
—Y yo tengo la tinta roja. Házmela traer.
Surama hizo un gesto a una de sus criadas, que volvió en seguida con una jofaina de plata.
—Dame también un trozo de tela —pidió el faquir.
Surama se quitó la tira de finísimo percal a rayas blancas y azules, que le ceñía los costados y se lo tendió.
—Ahora agua —dijo el faquir.
Una sirvienta trajo una botella de cristal rojo, con incrustaciones de lapislázuli hasta la mitad.