A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Yo sé —contestó el faquir— que una persona ha echado mal de ojo a esta casa, y vengo a proponer a tu dueña quitarlo para que no le ocurra una grave desgracia.
Los dos servidores se miraron uno a otro con espanto, ya que les indios temen muchÃsimo los efectos del mal de ojo.
—¿Estás seguro, gussain? —preguntó uno de ellos.
—Hace poco, estaba yo sentado en los escalones de aquella pagoda cuando vi a un viejo que se detenÃa a poca distancia de aquà y hacÃa signos misteriosos. Te lo digo yo: ha lanzado mal de ojo contra este palacio y también contra todos los que lo habitan, y ya sabes tú las fatales consecuencias que puede producir.
—¿No sabes quién es ese viejo?
—No lo habÃa visto nunca —contestó el faquir—; pero es sin duda un enemigo de tu dueña.
—Espérame un instante, gussain.
El criado se alejó a toda velocidad, mientras el otro hacÃa compañÃa al faquir, quien se habÃa sentado en el último escalón, manteniendo en alto su horrible brazo, anquilosado y desecado. Unos minutos más tarde, el primer criado volvÃa con expresión asustada, diciendo: