A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sin embargo, lo que le hacía más espantoso era el brazo derecho, completamente anquilosado y apergaminado, que ya no podía doblarse y que apretaba en la mano encerrada en una funda de cuero, una plantita de mirto sagrado.
A pesar de que el aspecto de aquel desgraciado era espantoso, incluso repugnante, como hemos dicho, todos se inclinaban ante él y se apresuraban a abrirle paso.
En la India un faquir es siempre venerado, cualquiera que sea la secta a la que pertenezca. Entre nosotros sólo despertaría una cierta admiración por su fuerza de voluntad para permanecer años enteros con un brazo siempre en alto, hasta conseguir que se atrofie la articulación, inmerso en una contemplación estúpida, de la que no puede sacarle ninguna admiración ni ningún peligro, por grandes que sean.
Ya puede arder una pagoda, o incluso una ciudad; el faquir no dará un paso para evitar las llamas si está absorto en su contemplación. Por otra parte, ¿qué representa la muerte para esos fanáticos? El final de sus penas y los goces supremos del kailasson, es decir del paraíso indio.
Los dos servidores que vigilaban ante la puerta del palacio, masticando betel para engañar mejor el tiempo, al ver subir al faquir los cuatro escalones, se apresuraron a salirle al encuentro, preguntándole diligentemente qué deseaba.