A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sólo habÃan transcurrido cuatro dÃas desde el duelo entre Yáñez y Teotokris, cuando una tarde, a la hora en que los indios abandonan sus estancias, después de la siesta habitual, para salir a respirar una bocanada de aire en las terrazas, se presentó en el palacio de Surama un feÃsimo individuo, ante el cual todos se inclinaban como si se tratara de un altÃsimo personaje o de un ser más venerado aún que los sacerdotes brahmanes.
Se trataba de un faquir perteneciente a la respetabilÃsima clase de los gussain, es decir de los religiosos mendigos de una secta tántrica.
Su aspecto estaba lejos de inspirar simpatÃa, o tan siquiera compasión. Un europeo hubiera escapado asqueado al verle. Su rostro estaba rodeado por una larguÃsima barba desaliñada, que terminaba en una especie de perilla, rizada como la cola de un cerdo, que le descendÃa hasta los pies. En la frente y en las mejillas llevaba extraños tatuajes rojos que representaban minúsculos tridentes; sus cabellos estaban reunidos sobre la cabeza, formando como una mitra. El cuerpo, espantosamente flaco, estaba casi desnudo, no llevando más que una tira de tela amarillenta rodeándole las caderas. En el pecho y en los muslos tenÃa numerosas manchas grisáceas, hechas sin duda con estiércol de vaca quemado.
