A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No les disgustará, al contrario —dijo el ministro, esforzándose por sonreÃr.
Se levantó y golpeó el gong que colgaba de la pared, detrás de su silla. Casi inmediatamente entró un criado.
—Que se apaguen todas las luces, menos las de mi alcoba, y que todos se acuesten —dijo el ministro en un tono que no admitÃa réplica—. No quiero que esta noche se me moleste por ningún motivo. Tengo trabajo.
El sirviente se inclinó y desapareció.
Kaksa Pharaum esperó a que se apagara el rumor de sus pasos, y, volviendo a sentarse, dijo a Yáñez:
—Ahora, milord, puede hablar libremente. Dentro de unos minutos toda mi gente estará roncando.