A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio No habÃa terminado de dar la orden, y ya los piratas, dirigidos por Kammamuri y Bindar se lanzaban contra ellos, empuñando las carabinas por el cañón para utilizarlas como mazas.
Los saniassis dieron algunos garrotazos, luego escaparon como liebres en todas direcciones, abandonando a su protegido.
—Ahora, bribón —dijo Sandokán, sacudiendo bruscamente al desgraciado faquir—, vendrás con nosotros.
—¡No me matéis! —balbuceó el pobre diablo, aterrorizado.
—No sabrÃa qué hacer de tu piel —contestó Sandokán—. No servirÃa ni para fabricar un tumburà . Es tu lengua lo que necesito.
—¿Quieres arrancármela, señor? —chilló el gussain, temblando.
—Entonces no hablarÃas más, y lo que nosotros necesitamos es que cantes, y muy alto. Camina y basta.
—¿Dónde queréis llevarme?
—Lo sabrás más tarde.
—Piensa que yo puedo echar mal de ojo.
—¡Acaba de una vez, granuja! —dijo Tremal-Naik—. Tus saniassis no volverán para liberarte. ¡Adelante!
Los malayos colocaron en medio de ellos al gussain y le empujaron hacia la orilla ya próxima.