A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Se ve alguna embarcación en el rÃo? —preguntó Sandokán.
—No, Tigre de Malasia —contestó el malayo—. Todo está tranquilo.
—Levad el ancla de momento, y esperaremos a los demás.
—Pensaba que te habÃan matado —dijo el gussain, asaetando al pirata con una mirada feroz—. Si esperas escapar a la venganza del rajá, te equivocas y mucho, ¡ladrón! No te doy una semana de vida.
—Y yo a ti ni dos dÃas, si no confiesas, amigo —replicó Tremal-Naik—. Soy indio como tú, y conozco los sistemas de nuestros compatriotas para soltar las lenguas.
—Tantia no tiene nada que decir: siempre ha sido un pobre gussain.
—Veremos qué papel has tenido en el secuestro de la joven india, canalla —dijo Sandokán.
El faquir se estremeció, pero contestó de inmediato, afectando el más profundo estupor.
—¿De qué india me hablas?
—De la muchacha a la que quitaste el mal de ojo.
—¡Qué te maldigan Brahma, Siva y Visnú y que la diosa Kali te devore el corazón! —aulló el gussain.
—Yo no soy indio, de forma que me rÃo de tus maldiciones, bribón —replicó Sandokán.