A la conquista de un imperio

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—Espesísima.

—¿No hay ningún refugio en ella?

—Sí; una antigua pagoda semiderruida.

—No pido más.

—Pero, sahib, se cree que sirve de cubil a los bâgh.

—¡Ah! Muy bien, los enviaremos de paseo a otro sitio, si no nos quieren regalar su piel. Con un poco de plomo les pagaremos el alquiler, ¿verdad, Tremal-Naik?

—El nuestro es de buena calidad —asintió el bengalí—. Vale más que el oro, cuando sale de nuestras carabinas.

—Vamos al río y embarquemos —concluyó Sandokán—. Cuando estemos a salvo, haremos hablar a Tantia y luego trataremos de entendernos con el comandante de los sikhs.

—No comprendo por qué estás siempre hablando de esos guerreros.

—Tengo una idea —contestó Sandokán—. Si puedo realizarla, aseguraré la corona a Surama. Ya estamos en el río; en cuanto lleguen nuestros hombres, partiremos.

Subieron a bordo de la bangle, que seguía anclada junto a la orilla. El malayo de guardia charlaba tranquilamente con el faquir, a quien, no obstante, había atado fuertemente, aunque al desdichado, con su brazo anquilosado, le fuera completamente imposible la fuga.


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