A la conquista de un imperio

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Arrancó los cordones de seda de la cortina, los unió, comprobó su solidez, luego aseguró un extremo al picaporte de una puerta y el otro extremo lo pasó bajo los brazos del desgraciado ministro, que mantenía una inmovilidad absoluta.

—Pesa bien poco su excelencia —dijo Yáñez, tomándolo en brazos.

Le llevó hacia la ventaría y, sujetando con fuerza el cordón, empezó a bajarlo.

Diez brazos se apresuraron a cogerlo, apenas tocó el suelo.

—Ahora, esperadme a mí —murmuró Yáñez.

Apagó la lámpara, se asió a la cuerda y en un momento se encontró en la calle.

—Eres un verdadero demonio —le dijo Sandokán—. Espero que no le hayas matado.

—Mañana estará tan bien como nosotros —contestó Yáñez, sonriendo.

—¿Qué le has hecho beber a este hombre? Parece muerto.

—¡Este hombre! Un poco más de respeto con las autoridades, hermanito. Es el primer ministro del rajá.

—¡Diantre! Tú siempre das buenos golpes.

—Vámonos aprisa, Sandokán. Puede llegar la guardia nocturna. ¿Tienes algún vehículo?

—Hay un tciopaya esperando en la esquina de la calle.


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