A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Menudo cigarro! —exclamó Yáñez, riendo—. El opio debÃa ser de primera calidad. Y ahora manos a la obra, puesto que todos duermen. Conque pensabas que mi imaginación se habÃa agotado, ¿eh, Sandokán? Ya verás.
Ante todo, recogió el cigarro, que el ministro habÃa dejado caer, y se acercó a la ventana abierta.
Aunque ya no brillaba ninguna luz —los indios sen muy parcos en cuestiones de iluminación, en parte porque las noches allà son claras y el cielo casi siempre purÃsimo—, descubrió en seguida a varias personas que paseaban lentamente, en grupos de tres o cuatro, como honestos ciudadanos que aprovechan un poco de fresco, fumando y charlando.
—Sandokán y los tigres —murmuró Yáñez, frotándose las manos—. Todo marcha perfectamente.
Tiró fuera la colilla del cigarro del ministro, se acercó dos dedos a los labios y emitió un silbido suavemente modulado.
Al oÃrlo, los paseantes se detuvieron de golpe; luego, mientras unos se dirigÃan a los dos extremos de la calle, para impedir que se acercara alguien, un grupo se detuvo bajo la ventana iluminada.
—Preparados —dijo una voz.
—Espera un momento —contestó Yáñez.