A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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—¿Y qué ha sucedido, después? ¿Otro estrangulamiento, ordenado por el rey esta vez?

—En absoluto, milord. Su-payah-pa… pa…

—Adelante, excelencia —dijo Yáñez, mirándole con malignidad.

—¿Dónde me he quedado…? —preguntó el ministro, que parecía hacer esfuerzos supremos para mantener abiertos los ojos.

—En el tercer estrangulamiento.

—¡Ah, sí! Su-payah-pa… pa… pa… ¿está claro?

—Clarísimo. Lo he entendido todo.

—Pa… pa… un hijo… los astrólogos de corte… ¿me comprende bien, milord?

—Perfectamente.

—Luego estranguló a las dos reinas.

—Lo sé.

—Y Su… pa…

—Me parece que ese pa… pa… se vuelve terrible para su lengua. ¡Por Júpiter! ¿Habrá bebido demasiado esta noche?

El ministro, que por vigésima vez había cerrado y vuelto a abrir los ojos, miró a Yáñez como en sueños, luego dejó caer de entre sus labios el cigarro y, de golpe, se reclinó primero sobre el respaldo de la silla y después rodó por el suelo, como si le hubiese dado un síncope.


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