A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Te haré dar un adelanto de quinientas rupias, pero por ahora no debes abandonar mi campamento, y no dejarán de vigilarte.
—No serÃa necesario, porque tienes mi palabra, pero haz lo que quieras. Es mejor no fiarse, y yo en tu lugar, harÃa lo mismo.
—Ahora puedes marcharte; debo ocuparme del faquir. ¡Kammamuri! —llamó a continuación.
El maharato, que estaba acurrucado delante de Tantia, escuchando, impasible, los feroces aullidos del desgraciado acudió prontamente.
—¿Cómo va? —preguntó Sandokán, mientras el demjadar se alejaba.
—El gussain no puede resistir más: está rabioso.
—Vamos a ver si se decide a hablar. Ven, Tremal-Naik: no perderemos el dÃa.
—Presiento ya que la corona de Surama no está lejos —dijo el bengalÃ.
—También yo, amigo; ahora solo es cuestión de paciencia.