A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Cuánto reciben tus hombres tras un año de servicio?
—Cincuenta rupias.
—¿Qué piensas de la oferta que te he hecho?
El demjadar no contesto: parecÃa hacer un cálculo difÃcil.
—Despacha, no tengo tiempo que perder —apremió Sandokán.
—El rajá del Mysore y el guicovar de Baroda, que son los prÃncipes más generosos de la India, no me darÃan tanto —contestó finalmente el sikh.
—¿Asà que por esa suma tú aceptarÃas dejar al rajá del Assam y ponerte a las órdenes de otras personas?
—SÃ, con tal de que paguen. Nosotros somos mercenarios.
—¿Aunque esa persona se sirviera de ti y de tus hombres para caer sobre el rajá del Assam? El demjadar se encogió de hombros.
—Yo no soy assamés —contestó luego—. Mi patria está en las montañas.
—¿ResponderÃas de la fidelidad de tus hombres si se les ofrecieran doscientas rupias a cada uno?
—SÃ, sahib, por completo —contestó el demjadar—. A todos esos montañeses les he enrolado yo, y sólo a mà obedecen.