A la conquista de un imperio

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17. La confesión del faquir

Devorado por una sed espantosa, quemado por el sol que daba directamente sobre su desnudo cráneo, ardiendo por dentro a causa de la pimienta y comprimido por la tierra, Tantia parecía haber llegado al límite de sus fuerzas.

Los ojos se le salían de las órbitas, tenía espuma en los labios y su brazo anquilosado sufría estremecimientos, como si de un momento a otro fuera a romperse por los esfuerzos desesperados de su propietario para bajarle hacia la cubeta llena de agua.

Gritos espantosos, que parecían los aullidos de un lobo rabioso, escapaban de vez en cuando de su pecho oprimido por la tierra.

Al ver a Sandokán y Tremal-Naik sus ojos se inyectaron de sangre y su rostro adquirió un horrible aspecto.

—¡Agua! —rugió.

—Sí, toda la que quieras, si te decides a hablar —contestó Sandokán, sentándose frente al miserable—. Voy a hacerte una proposición. Dime primero lo que te han dado por secuestrar a la joven india o por ayudar a los secuestradores.

El gussain hizo una mueca, y no contestó.


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