A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Devorado por una sed espantosa, quemado por el sol que daba directamente sobre su desnudo cráneo, ardiendo por dentro a causa de la pimienta y comprimido por la tierra, Tantia parecÃa haber llegado al lÃmite de sus fuerzas.
Los ojos se le salÃan de las órbitas, tenÃa espuma en los labios y su brazo anquilosado sufrÃa estremecimientos, como si de un momento a otro fuera a romperse por los esfuerzos desesperados de su propietario para bajarle hacia la cubeta llena de agua.
Gritos espantosos, que parecÃan los aullidos de un lobo rabioso, escapaban de vez en cuando de su pecho oprimido por la tierra.
Al ver a Sandokán y Tremal-Naik sus ojos se inyectaron de sangre y su rostro adquirió un horrible aspecto.
—¡Agua! —rugió.
—SÃ, toda la que quieras, si te decides a hablar —contestó Sandokán, sentándose frente al miserable—. Voy a hacerte una proposición. Dime primero lo que te han dado por secuestrar a la joven india o por ayudar a los secuestradores.
El gussain hizo una mueca, y no contestó.
