A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Hace poco he convencido al demjadar de los sikhs para que me dijera todo lo que querÃa saber, y se trata de un valiente soldado y no de un fanático estúpido, como tú. Sigue su ejemplo y tendrás agua, y también rupias. Si te niegas, no me ocuparé más de ti y te dejaré morir en tu agujero. ¡Escoge!
—¡Rupias! —jadeó Tantia, mirando fijamente al Tigre de Malasia.
—Cien, tal vez doscientas.
El gussain se estremeció.
—¡Doscientas! —exclamó con voz apenas inteligible.
Y tras una última vacilación, dijo:
—Hablaré… si me das un sorbo de agua.
—¡Por fin! —exclamó Sandokán—. Estaba seguro de que te decidirÃas a confesar.
Cogió la cubera y la acercó a los labios del gussain, dejándole beber unos sorbos.
—Te la doy para soltarte la lengua —dijo—. Si quieres más, has de decÃrmelo todo. ¿Por cuenta de quién has actuado?
—Del favorito del rajá —contestó Tantia, que parecÃa reanimado, tras aquellos sorbos de agua.
—¿Quién es?
—El hombre blanco.
Sandokán y Tremal-Naik se miraron.
—Será aquel griego —dijo el primero.