A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Seguro —contestó el segundo.
La frente de Sandokán se oscureció.
—Estás preocupado —observó Tremal-Naik.
—Tengo mil motivos para estarlo —contestó el famoso pirata—. Si ese perro ha hecho secuestrar a Surama, significa que de alguna forma ha llegado a conocer nuestros proyectes y, si fuera cierto, serÃa grave. Está en juego la cabeza de Yáñez.
—No me asustes, Sandokán.
—¡Oh! TodavÃa no la ha perdido, y nosotros aún no estamos muertos. Tú ya sabes de lo que soy capaz, y esa cabeza no caerá si yo no quiero; por otra parte, ya sabes también que quiero a Yáñez más que si fuera mi hermano, más que si fuera mi hijo.
—Lo sé; no podrÃa existir el Tigre de Malasia sin su amigo portugués.
Sandokán que se habÃa alejado un poco del faquir, para que no pudiera oÃr sus palabras, volvió hacia el hoyo.
—Veamos —dijo—, tal vez estamos imaginando unos peligros que no existen. Puede tratarse de una simple venganza.
Se dirigió Tantia, que seguÃa mirándole intensamente, y le preguntó:
—¿Tú has visto al favorito?
—No.