A la conquista de un imperio

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—Me basta con uno —dijo Sandokán—. Tráemelo aquí.

—Serás obedecido, sahib.

—Ve pues —y volviéndose a sus hombres y a Kammamuri, añadió—: Podéis ir a descansar: de momento bastamos Tremal-Naik y yo.

Cargó su cibuc, lo encendió y se puso a fumar flemáticamente, mientras su amigo enrollaba una hoja de betel en la que había puesto una pizca de cal y un trocito de areca, metiéndosela a continuación en la boca. Los indios afirman que se trata de una espléndida droga que conforta el estómago, fortifica el cerebro y cura el mal aliento, pero por otra parte ennegrece los dientes y hace escupir una saliva de color de sangre.

Transcurrida media hora, sin que hubiesen pronunciado una sola palabra, se abrió la puerta de la sala y apareció Bindar seguido de un joven indio que vestía un dootèe de seda amarilla y calzaba un tipo de zuecos que sólo suelen llevar los criados de las casas grandes, que sujetan con los dedos de los pies sin que les impidan caminar con comodidad y presteza.

—Aquí tienes lo que deseabas, sahib —dijo Bindar—. Está dispuesto a beber un vaso de toddy, si se lo ofreces.


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