A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Yo aquà no tengo parientes ni amigos; por tanto necesito una habitación, aunque sea un cuchitril: ¿no podrÃas proporcionármela tú? No te molestaré para nada y te pagaré una rupia al dÃa, comida incluida.
El mayordomo reflexionó un memento, y contestó:
—Puedo satisfacerte, señor, a condición de que finjas ser un criado y hagas algún pequeño trabajo. Tengo un cuartucho cerca de la galerÃa del segundo piso que te puede servir.
Sandokán sacó quince rupias y las depositó sobre la mesa que tenÃa delante.
—Te pago dos semanas. Si me colocas antes, no te pediré que me las devuelvas.
—Eres generoso como un prÃncipe.
—GuÃame o hazme guiar a mi habitación.
El chitmudgar abrió la puerta e hizo entrar al joven criado de antes, quien parecÃa esperar sus órdenes.
—Llevarás a este sahib a la habitación que está junte a la segunda galerÃa y, hasta nueva orden, le tratarás como invitado mÃo.
Luego dijo volviéndose a Sandokán:
—SÃguele, señor. Esta noche me ocuparé de tu asunto.
—¿Vas a visitar al favorito?
—Espero sus órdenes.