A la conquista de un imperio

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Le hizo un gesto con la mano, como recomendándole la máxima prudencia y salió por otra puerta.

—Ya estoy en el corazón de la plaza —murmuró Sandokán—. Es otro día ganado. Acompáñame, muchacho.

—Sígueme, sahib.

Subieron una escalera reservada a la servidumbre y, tras cruzar la galería superior, entraron en una minúscula habitación donde sólo había una cama y dos sillas.

—¿Te va, sahib? —preguntó el sudra.

—Perfecto —contestó Sandokán—. Además sólo estaré aquí unos días.

—Desde luego, no tienes aquí el lujo de la posada.

Sandokán le puso una mano en el hombro, diciéndole gravemente:

—Me has prometido ser mudo como un pez, así que no has de hablar con nadie de esa posada.

—Sí, sahib.

—Ahora te necesito, si quieres ganar más monedas de plata.

—Habla, sahib; eres más generoso que mi amo.

—¿Dónde está la joven que trajeron aquí de noche?

El sudra reflexionó un momento; luego, pasándose una mano por la frente, dijo:


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