A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Aunque habÃa bebido mucho, recuerdo que me dijiste que eras el hermano de esa señora.
—Es cierto.
—Y… ¿qué quieres hacer, sahib?
—No te ocupes de eso.
—Al servirte corro el riesgo de que me despidan e incluso de que me den una paliza.
—Ni lo uno ni lo otro, porque yo te tomaré a mi servicio con paga doble y cien rupias de regalo.
El joven abrió de par en par los ojos, fijándolos en Sandokán y preguntándose si soñaba.
—¡Me tomarás a tu servicio y con paga doble! —exclamó finalmente.
—SÃ.
—Soy tuyo en cuerpo y alma.
—No los necesito —contestó Sandokán—; por ahora me basta con tu lengua.
—¿Qué quieres saber?
—Dónde está la joven india.
—Está más cerca de lo que imaginas.
—DÃmelo.
El sudra abrió una puerta escondida tras una cortina, que Sandokán no habÃa visto, y le mostró un estrecho corredor.
—Este corredor lleva a la habitación de la joven secuestrada —dijo en voz baja—. El harén del amo está en el segundo piso.