A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Veo otra puerta en el fondo; pero supongo que está cerrada.
—SÃ, pero yo puedo darte la llave.
—Es lo que necesito.
—La tendrás dentro de media hora, sahib.
—Me has dicho que hoy estás libre.
—De forma que puedes ir a la posada.
—A cualquier hora.
Sandokán sacó una libretita del bolsillo, arrancó una página y escribió unas lÃneas a lápiz.
—Entregarás esta carta al hombre que me acompañaba cuando te ofrecà de beber. ¿Le reconocerás?
—¡Oh, sÃ, sahib!
—Tráeme la llave, una botella de cualquier licor y déjame solo.
—SÃ, sahib.
Cuando salió el joven sudra Sandokán avanzó de puntillas por el corredor y examinó la puerta. Como la mayorÃa de las puertas indias, estaba laminada en bronce; sin embargo, acercando el oÃdo a la cerradura, pudo percibir dos voces de mujer.
—¡Surama! —murmuró—. En cuanto tenga la llave y una cuerda, el golpe estará dado. Mi querido griego, ¡veremos quién de los dos es más astuto! Pero hay alguien hablando con Surama. ¡Bah! Si no se calla, le cerraré la boca de una puñalada.