A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Volvió a su cuchitril, se tendió en la cama y, encendiendo el cibuc se puso a fumar, sumergiéndose en profundas reflexiones.
Apenas habÃa terminado la primera carga de tabaco compareció el joven sudra trayendo una botella y un vaso de metal dorado.
—Aquà tienes, sahib. Es el mayordomo quien te envÃa esto.
—¿Y la llave?
—La he cogido sin que nadie se diera cuenta.
—Eres un buen chico. Ahora dime si mi hermana está sola o acompañada por alguna otra mujer.
—Eso lo ignoro, porque yo no puedo entrar en el harén de mi señor.
—No importa —dijo Sandokán tras un momento de reflexión.
—¿Qué más he de hacer?
—Llevar a mi amigo la carta que te he dado, y para esta noche traerme una cuerda bien fuerte.
—¿Qué quieres hacer, sahib? —preguntó el sudra, asustado.
—Te he dicho que te tomo a mi servicio con doble paga; ¿no te basta?
—Es cierto, sahib.
—Vete.