A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Esperó a que el ruido de los pasos hubiese cesado, luego volvió al corredor con la llave que le habÃa dado el joven en la mano, y acercó el oÃdo a la cerradura, igual que antes.
—Ya no hablan —murmuró—. Aparezcamos, pues: Surama se alegrará de verme. Introdujo la llave y abrió.
Un grito sofocado con esfuerzo, respondió al chirrido del pestillo.
—¡Calla, Surama! —dijo Sandokán—. ¡Soy yo!