A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sandokán se halló en un espléndido dormitorio, de estilo greco-oriental, adornado con riquísimos divanes de seda blanca, bordada en oro, con alfombras turcas y persas y con grandes cortinas de seda azul ante las ventanas. Sólo la cama, maciza, con incrustaciones de madreperla —colocada en medio de la habitación— y algunos muebles ligeros eran de precedencia india.
Al ver entrar a Sandokán, Surama corrió hacia él, conteniendo apenas un grito. El mayordomo del favorito la había obligado a ponerse un amplio sari de seda rosada, con un ancho borde azul, que hacía resaltar aún más la belleza de la joven assamesa.
—Cierra bien la puerta —le dijo inmediatamente Sandokán en voz baja—. Nadie debe sorprenderme en tus habitaciones.
—Pero ¿cómo estás aquí, señor?
—Calla ahora; la puerta.
Surama bajó los pasadores, asegurándola bien.
—Ahora nadie podrá entrar sin mi permiso —dijo, volviendo junto a Sandokán—. Dime, señor: ¿y Yáñez?
—No te inquietes por él, Surama —contestó Sandokán, invitándola a sentarse en el diván que estaba más cerca del corredor que llevaba a su cuchitril—. Por el momento no corre ningún peligro, y no creo que haya estado mejor en toda su vida.
