A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Aquí estoy, patrón —dijo.
—Da orden a mis malayos y a los criados de que tengan a raya a los asaltantes durante unos minutos. Que no economicen ni balas ni pólvora. Ve, y da orden de hacer fuego. Y ahora. Tremal-Naik, ven conmigo y con Kammamuri.
Subieron una segunda escalera hasta el último piso y por la claraboya pasaron al tejado, que era casi plano, con sólo dos ligeras pendientes.
—No esperaba tener tanta suerte —murmuró Sandokán—. Vamos a ver el camino de la pagoda.
Mientras avanzaban a gatas, delante del edificio se oían ensordecedores clamores. El número de asaltantes debía de haber crecido, a juzgar por el ruido que hacían. Pero el juego no había empezado aún por una ni otra parte. Tal vez Bindar no había juzgado prudente iniciar las hostilidades, para no irritar más a sus adversarios.
En pocos instantes, Sandokán y sus compañeros atravesaron el tejado, alcanzando el borde opuesto. Una calle de nueve o diez metros de anchura, separaba el palacio de una vieja pagoda, de proporciones modestas, rematada por una especie de terraza, erizada de barras de hierro que sostenían unos elefantitos dorados, con función tal vez de veletas.
—¿Qué altura tiene esta casa?
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Tremal-Naik.